Un francés

Por Manuela Chiesa de Mammana (*) 
      Todavía puede verse la ramada adelante del rancho, caída para un lado por la cumbrera torcida. El inmigrante francés llegó al pago allá por 1920, joven, con plata y con ganas de progresar rápidamente. Traía ideas y proyectos de su tierra para avasallar contra todo y contra todos. ¿Qué sabían estos campesinos de trabajar la tierra para sacarle mejores frutos? Él con su experiencia y su dinero lo lograría.


      ¡Cuánta necedad en esa petulancia!

      Los primeros tiempos fueron más o menos prósperos pero lentamente lo fue ganando la indolencia, el dejarse estar sin ninguna explicación. Creía que el paisaje era la causa de su desidia. La soledad y la lejanía lo angustiaban.

      Lo que en un principio había sido un horizonte de lomas infinitas, tardes llenas de pájaros o la penumbra frutal del anochecer fue desapareciendo tras el hastío y la holganza.

      Su lenguaje se volvía poco inteligible en un lugar donde se manejaba la lengua rural, lo que contribuía más al aislamiento y a la depresión.

      A quinientos metros, hacia el sur del rancho, había un boliche con algunas botellas de ginebra y aguardiente, más tres o cuatro bolsas de harina y fideos, a donde el francés comenzó a ir con asiduidad, abonando con su firma lo que adquiría.

      ¿Qué tanto podía comprar allí, además de tomar algunas copas?
Penoso pero real, el pobre francés declinaba a medida que el bolichero se agrandaba en su negocio.

      Las cosas llegaron a un límite tal que la pobreza abatió totalmente al desventurado inmigrante, que terminó viviendo de la caridad de los campesinos.

      Lo conocí andando por los caminos de Sauce de Luna, con un sombrero de fieltro gris metido hasta los ojos y su gangoso acento. En las que habían sido sus tierras vivía el bolichero, que le había quitado todo por un poco de queso y dulce de membrillo.

      Muchas veces me pregunté qué pensaría el francés cuando soportaba, además del dolor del desarraigo, la idea de que nunca podría volver a las doradas colinas de su añorada Francia.


(*) El texto forma parte una serie de cuentos y retratos del antiguo Villaguay.

------
"Lo conocí andando por los caminos de Sauce de Luna, con un sombrero de fieltro gris metido hasta los ojos y su gangoso acento". (Foto ilustrativa). 


Ad code

Entretenimiento

Facebook

Fun & Fashion

MÁS LEÍDAS DE LA SEMANA