Aconteceres

Por Manuela Chiesa de Mammana (*) 
      Aquellos aconteceres encauzaban los días. Me acuerdo de los carros playeros que iban al arroyo a buscar arena con su traqueteo infame sobre las calles de tierra y las voces estridentes de los carreros que no respetaban los silencios de la madrugada. Se alejaban por Caseros al este hasta desaparecer en la floresta húmeda.

     Más tarde la variación incesante de los pasos en la calle.
Primero, aquel vendedor de higos en veranos muy cálidos, luego el repartidor de pan, medido y puntilloso; y al fin doña Coca con la verdura, la cinta de medir y los cuentos de la sanación milagrosa en enfermedades comunes.

      A las diez, desde el baldío envuelto en silbidos, llegaba el Cacho, cartero, mensajero, repartidor de encomiendas, rápido, atropellado, curioso, pero esperado, muy esperado. Él lo sabía: demoraba la entrega de la correspondencia para que le rogaran premura.

      En la primavera, se sumaba el vendedor de plantas y plantines. En los bordes del cajón llevaba las aromáticas, luego las de una sola temporada, y en el centro los helechos brillosos, arrepollados, pujantes.

      La profunda energía del horizonte de la mañana se atemperaba al llegar el mediodía: se volvía esencialmente frágil. Pero la siesta,¡oh la siesta! El sol era un esmalte perfecto que bruñía las frutas del tala como pepitas doradas. El silencio de la siesta era único irrepetible, casi mágico. Si algo debía suceder, seguramente sucedería a la siesta: escapar a la costa, revisar cajones prohibidos, espiar desde la tapia vecina.

      Por eso lo que sucedió aquella tórrida siesta, el 22 de febrero de 1950, a nadie le pareció muy descabellado. Desde los pilares del muro del callejón vimos cómo Victoria, la esposa de Narciso el pescador, saltaba la ventanita de la cocina para irse con Marcelo, el electricista, que la esperaba en la esquina.

      En fin, son viejas postales que supieron tener su encanto.


(*) El texto es parte de una serie de cuentos y retratos del antiguo Villaguay.

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"Si algo debía suceder, seguramente sucedería a la siesta: escapar a la costa, revisar cajones prohibidos, espiar desde la tapia vecina".





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