"Día por medio venía Rosita Santos para ayudarlo a acomodar la mercadería dispersa"
Por Manuela Chiesa de Mammana (*)
El turco no levantaba la persiana hasta las ocho. Salía por la puertita lateral a las seis y treinta, paseaba por la esquina, caminando por ambos lados hasta las siete. Cada tres o cuatro días se acercaba a una ventana del frente, golpeaba sutilmente tres veces con los nudillos y, parsimoniosamente, se disponía a abrir la tienda.
'La Flor De Damasco' no se destacaba por el buen gusto para presentar la mercadería. Generalmente ubicada en fardos o amontonada en percheros exhibidores, pero era de buena calidad y mejores precios.
Don Samir Jorge tenía ya sus años. Había llegado a la Argentina cuando cumplía cuarenta. Solo, con mucha dificultad para expresarse, pero con muchas ganas de trabajar.
La colectividad árabe le brindó la primera ayuda social, al recibirlo en su sede y el tiempo fue haciendo lo demás.
Cuando cumplió los cincuenta seguía solo pero dueño de un negocio próspero y casi dueño de la propiedad donde vivía, ya que sólo le faltaban dos cuotas para ser propietario.
De trato afable, no perdía el buen humor aunque hubiera varios parroquianos en la tienda para atender. Sin empleados se daba maña para tener a todos contentos mientras esperaban.
Día por medio después de cerrar el negocio venía Rosita Santos para ayudarlo a acomodar la mercadería dispersa.
De un día para otro, don Samir apareció casado con una joven y bella mujer de ascendencia árabe como él, pero oriunda de otra ciudad.
Para los observadores de la vereda de enfrente, nada cambió significativamente. Solo que el turco dejó de dar los golpecitos en la ventana y que Rosita Santos no volvió por el negocio.
(*) El texto forma parte una serie de cuentos y retratos del antiguo Villaguay.
