"Cuando les llegó la primera carta se resistían a abrirla..."
Como viajante de comercio pasaba por aquel pueblo cinco o seis veces al año. Ni siquiera era un pueblo. Un almacén entre baldío y baldío, la carnicería, la estafeta, en la vereda de enfrente una larga pared de ladrillos sin revoque, tres ventanas altas con marcos marrón oscuro, una clásica puerta de dos hojas sin visillos en los vidrios esmerilados, un eterno polvillo que levantaba el viento del norte, haciendo de las siestas una duermevela interminable.
Atrás de las ventanas, como pintadas en el cristal, aquellas mujeres bordando, opacas, temerosas, mudas, ríspidas como los juncos que sacudía el viento norte en el callejón.
Estas mujeres medían su tiempo con los trabajos que entregaban.
Las cartas comenzaron a llegar en abril. Cuando les llegó la primera se resistían a abrirla, por aquello de la austeridad heredada de los mayores. La segunda carta ya no encontró resistencia alguna.
De cartas sólo tenían el sobre, porque en realidad eran remitos en desuso, donde se agregaban breves mensajes, al dorso, como al descuido.
El primero decía: "en los pueblos siempre es tarde aunque no haya nada que hacer". El segundo: "con las situaciones dolorosas desaparece la visión riente de la vida".
La llegada de la tercera carta fue motivo de jolgorio, al dorso se leía: "El pasado no existe, ante él se abre el porvenir".
Durante dos años, las mujeres siguieron bordando y bordando sin cesar. Poco a poco fueron descubriendo datos: por ejemplo la procedencia del matasellos (Buenos Aires, sucursal N°5).
Parecía mentira que un hecho tan pueril hubiera cambiado el semblante patético de esas tres mujeres, para quienes el viento norte que remolineaba en el callejón ya no enmarcaba su tristeza.
xDurante dos años, Jorge Dieguez, viajante de 'La Negra' cada vez que pasaba a sesenta kilómetros de Villaguay y veía a estas mujeres estáticas a través de la ventana, pensaba qué sintagma enviaría en los próximos remitos. De esta forma había logrado exprimir las pocas gotas de dulzura que aún quedaban en aquellas bordadoras atrapadas por un medio hostil, en una época pacata y almidonada.
(*) El texto forma parte una serie de cuentos y retratos del antiguo Villaguay.
