Siesta
Por Manuela Chiesa de Mammana (*)
El silencio
resbala indolente por las tablas del postigo, pintadas de verde oscuro como
hace años cuando sucedió aquel encuentro amoroso que cambió la pequeña historia
poblana.
Aquellos días de la Reorganización
Nacional donde cada departamento tenía su jefe político o
caudillejo, dueño y señor de la comarca, se vivían pesados y lentos.
Esa tarde la
campiña dormida por el fuerte sol de la siesta, escuchaba el trote de un
caballo que a tranco parejo se acercaba desde el cañadón. Al llegar al
arroyito, seco y casi desdibujado, la marcha del caballo se detuvo como si
dudara regresar o seguir adelante.
Al murmullo natural de la floresta se sumaba la queda
respiración del monte urgido por el chirrido de las chicharras.
Después de unos
minutos, el jinete reanudó el camino. Él sabía que cuando pasara la estancia 'La
Milagrosa' ya estaría en su destino.
La casa parecía esperarlo con la tranquera abierta y el humo
de la chimenea de la cocina señalando el norte.
Mientras avanzaba
pensó por cuarta vez si no estaría haciendo una macana. Sin embargo se afirmó
en el recado y casi gritó:
- ¡Buenas tardes!
¿No hay nadie en la casa?
La pregunta
estaba de más. Conocía perfectamente que ese día y a esa hora encontraría sola
a la muchacha que indebidamente pretendía y además esa visita era premeditada.
Lo que sucedió
aquella bochornosa siesta de febrero fue vergonzoso para una nieta de criollos
que debió callar porque el deseo del comandante no se discutía.
De lo que vino
después la historia se haría cargo.
La misma quietud,
la misma serenidad de antes acompañaron la partida del falso enamorado, que se
marchó satisfecho de haber hecho valer sus blasones de caudillo de turno. Una vez más la
arrogancia y el desdén de los poderosos sentaba precedente.
(*) El texto forma parte una serie de cuentos y retratos del
antiguo Villaguay.
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"Él sabía que cuando pasara la estancia 'La
Milagrosa' ya estaría en su destino".