"Sabía que el camino se pondría mejor cuando llegara a la quinta de las Moreyra


Por Manuela Chiesa de Mammana (*) 

Como a las ocho pasó la alcantarilla que une el camino viejo con la senda que termina en el almacén de Domínguez. Sabía que cuando llegara a la quinta de las Moreyra el camino se pondría mejor y la jardinera dejaría de dar tumbos y saltos, como hasta ahora. ¡Había hecho tantas veces ese camino!


En su vida de sesentón eran pocas las sorpresas pero andando en ese rumbo siempre encontraba algo que le alegraba el alma. ¿Serían, tal vez los viejos eucaliptos, que crecieron con él cuando sus padres llegaron a la colonia, serían esas enredaderas silvestres, caídas sobre el alambrado, que despedían perfumes almibarados en verano?

No lo sabía pero le gustaba descubrir nuevas sensaciones en el camino a la villa, tres veces en la semana.

Cuando no iba a buscar mercadería llevaba algo de su campo para vender. Si era verano ciruelas, duraznos, melones, si en invierno, aves y huevos.

Ni bien pasaba la capillita gringa, como él la llamaba, la flora se raleaba y aparecían renuevos de espinillos y pocos álamos. A medida que se acercaba, el caserío aparecía desnudo de plantaciones aunque algunos plátanos vestían la plaza. Sólo el modesto boulevard, al oeste, tenía una homogénea plantación de paraísos en su cantero central. ¡Qué dulzura en aquella calle cuando florecían!

Sebastián se había quedado solo después de que sus padres murieron. Tenía buen carácter, excelentes vecinos y con eso le bastaba. O mejor dicho, casi le bastaba. Siempre estaba en sus recuerdos aquella muchacha que pernoctó unos días en su chacra esperando que amainaran las lluvias para seguir su camino.

Todavía, cada vez que se dirige a la pequeña villa fantasea con aquel recuerdo. Entonces no se preguntó qué haría una chica sola, veinte años atrás, en la colonia, y ahora era tarde para buscar una respuesta.

Como siente una especial predilección por los árboles cree descubrir en ellos analogías con las personas: la aspereza en el aguaribay, la delgadez en el álamo, la fortaleza en el ñandubay, la volubilidad en la ipomea, la bondad y la hermosura en la retama como aquella muchacha de nombre María Leonor que aún lo acompaña.


(*) El texto forma parte una serie de cuentos y retratos del antiguo Villaguay. Foto ilustrativa: Facebook Gonzalo Nussbaum. 

MÁS LEÍDAS DE LA SEMANA