Fin de semana en Chile (*)


Experiencias de viajes, por Emilio Nogueira (*)

Solamente 75 minutos tardamos en despegar de Aeroparque, cruzar la cordillera y aterrizar en Santiago a primerísima hora de un viernes en medio de un smog que parecía niebla. Es la magia de los destinos cercanos. Nos esperaba una agenda precisa y un auto de alquiler para exprimir al máximo una escapada de fin de semana. 

El hotel se ubicaba en el barrio de Las Condes, justo frente al Parque Araucano, una zona con una fuerte influencia urbanística y cultural norteamericana. Sorprende la cantidad de torres vidriadas, avenidas y veredas anchas, camionetas grandes, shopping malls de varios pisos, hipermercados gigantes y todas las cadenas de comida chatarra. Si bien estos suburbios fueron desarrollados hace relativamente poco, no recuerdo otra ciudad latinoamericana –salvo Panamá- con esta impronta tan marcada.

Rápidamente fuimos absorbidos por esa cultura de consumo y tentados por la idea de “aprovechar” algunas marcas internacionales a precios convenientes nos internamos en un shopping de la “costanera” del Río Mapocho. Casi sin darnos cuenta y en medio de una atmósfera alienante casi como la de los casinos, nos encontramos intercambiando sutiles codazos con otros compatriotas mientras revolvíamos frenéticamente los percheros. En un momento de lucidez, escapamos a tomar aire y encontramos una calle concurrida con personas interactuando en cafés y cielo abierto: nos volvimos humanos otra vez y resolvimos terminar la sesión y salir a cenar. Fue lo más difícil de resolver, sobre todo si uno camina por la calle Goyenechea y alrededores.

Como es de esperar, existe una amplia oferta gastronómica de calidad. Los frutos de mar son accesibles y frescos, la palta es el ingrediente más popular de la dieta chilena y los vinos han logrado posicionarse a nivel mundial. Y hay una yapa: fuerte presencia de restaurantes peruanos de todos los niveles de precio que preparan un ceviche como mínimo bueno y siempre fresco. Una gloria para quien ama los pescados y mariscos.


Creo mucho en los contrastes y en el poder que tienen para lograr una experiencia de viaje memorable. Quizás el contrapunto más notable a la modernidad de los suburbios o a las anchas avenidas del centro de Santiago sean los cerros de Valparaíso, el ingrediente necesario para el equilibrio justo de toda visita a la capital chilena.

A casi una hora y media de autopista se llega al puerto más grande del país, cuyo centro histórico fue declarado Patrimonio UNESCO en 2003. Su perfil arquitectónico presenta fachadas de zinc de diferentes colores y ventanas de guillotina, una singular mezcla compuesta por el estilo colonial español más el victoriano de los inmigrantes británicos y sobre ambos las modificaciones de la reconstrucción posterior al devastador terremoto de principios del siglo pasado.

Para una experiencia auténtica, recomiendo tomar el “ascensor” El Peral –técnicamente un funicular- hasta el Paseo Yugoslavo, caminar en dirección a Alte. Montt desde donde sugiero explorar sin rumbo ni apuro ya que así aparecen los rasgos más interesantes, sin dejarse amedrentar por el aspecto lúgubre de los callejones desiertos pero con todas las precauciones necesarias de cualquier ciudad latinoamericana –discreción y gafas de sol con ojos bien abiertos-. Sólo allí se revela una atmósfera bohemia que ofrece desde sofisticados restaurantes de autor hasta típicos bodegones portuarios con el pescado más fresco, las recetas más antiguas y el tufo más añejo a vermouth y cigarrillo; tiendas de diseño súper cool y mononos locales de colores pastel y pasadizos súper fotogénicos que llevan vaya a saber uno dónde.

El frío domingo nos despedimos de Santiago con una cazuela de mariscos y volamos hacia una Buenos Aires helada, en donde nos esperaba un chocolate caliente de La Giralda de Av. Corrientes. Es la magia de los destinos cercanos.


(*) Licenciado en Turismo.
Fundador de i-Selector Travel

MÁS LEÍDAS DE LA SEMANA