'Río de Janeiro: ciudad de música', por Emilio Nogueira (*)
Humedad. Mucha humedad. Calor tropical, nubes bajas y cemento completaban el paisaje apabullante de la cidade maravilhosa, tan maravillosa que vale tanto una escapada de fin de semana como para complementar otros destinos de playa.
Para llegar desde el Aeropuerto al mar se necesita un taxi y mucha paciencia. La autopista está tan colapsada que hay vendedores ambulantes caminando entre los autos. Sin embargo, el caos de tránsito no parece afectar el humor de los cariocas, cuyo estereotipo los pinta como alegres y relajados, algo que comprobamos desde el primer momento: en el baúl del taxi había, además de la rueda de auxilio, un par de ojotas y una toalla: tres objetos igualmente indispensables.
Una hora después, luego de darle lentamente la vuelta a la enorme laguna Rodrigo de Freitas, llegamos a nuestro hotel en Ipanema. De impronta joven y aire internacional, es una zona ideal para una primera visita ya que es relativamente segura y bien conectada por bus y mêtro con los lugares de interés.
Era un pequeño y agradable hotel boutique ubicado a pocos metros de la playa, escondido detrás de un alto paredón. Nos recibió João, un conserje uniformado con camisa de mangas cortas, bermudas y havaianas. Después de registrarnos, nos llevó a un compacto jardín lleno de verde con una piscina rectangular y nos invitó un agua de coco.
Inmediatamente después volvió a su reposera para seguir leyendo entre chapuzón y chapuzón. Quien tocara el timbre tendría que esperar. Nada más carioca.

Además de la playa homónima, Ipanema también es conocida por la canción que le escribieron Vinicius de Moraes y Tom Jobim -embajadores de la bossanova- a la mítica garota en el bar que todavía hoy existe y lleva su nombre. Ése fue el primer hito de nuestra visita a la ciudad: basta sólo un café rodeado por los retratos y poemas de Vinicius para entrar en clave bossa. Caminamos por las calles entre tiendas de diseño, mini locales de comida saludable y otras no tanto –como los imperdibles salgadinhos o queijo frito- y llegamos a la playa para otro ritual: el baño de mar.
Al día siguiente, festival de frutas tropicales mediante, cumplimos con la visita obligada al Cristo Redentor: aunque lleno de gente, ofrece una vista panorámica que deja sin aliento. Luego continuamos hacia el centro histórico para una experiencia retro. La misión era revolver los cajones de los anticuarios y ferias callejeras hasta encontrar vinilos de samba y bossanova, la especialidad local.
La primera parada fue la histórica Confitería Colombo (1894) en donde recuperamos energía con un café y una cocada. Más tarde, con varias perlas en el bolso contrarrestamos el ritmo frenético del centro con una incursión en Santa Teresa, un verdadero oasis en el medio de la ciudad. Es un barrio antiguo y de aire bohemio ubicado sobre un morro al que se accede con el bondinho, un tranvía tan precario que cuando logra tomar impulso no frena - quienes no sean lo suficientemente ágiles para subir y bajar deberían usar casco y rodilleras. Allí encontramos un típico bodegón y pedimos una moqueca (cazuela de pescado con aceite de dendé y leche de coco). Sabia y sabrosa elección. Por la noche, completamos la experiencia en Lapa, un barrio lleno de bares con música en vivo y gente divertida.
Al igual que las veredas de la famosa playa de Copacabana, Río está hecha de contrastes. La opulencia de Ipanema y Tijuca contrasta con las favelas que las rodean. El verde exuberante ocupa cada espacio que deja el cemento. La playa y el mar tienen de fondo un tránsito infernal. La alegría del Carnaval se alterna con la saudade del día después.
La humedad llegó al 100% cuando las nubes amenazantes se convirtieron en fuerte lluvia tropical. Pero la ciudad siguió su ritmo sin inmutarse. Nada más carioca.
(*) Licenciado en Turismo.
Fundador de i-Selector Travel
www.iselectortravel.com
