"Al fin, en 1941, un procedimiento administrativo vino a darme la explicación"
Por Manuela Chiesa de Mammana (*)
¿Desde cuándo los
barrenderos juntaban la tierra y la arena de las calles en esos carritos
manuales con forma de chimenea?
En otoño cuando
los plátanos, los fresnos y los arces perdían las hojas, el tubo con que están
formados se llenaba hasta el borde semejando una gran bombonera con filetes
dorados.
Durante los otros
días del año, su contenido no se veía pero se los adivinaba más livianos por el
rápido andar de los barrenderos y porque el sonido metálico se volvía más
chirriante.
Por mi casa
pasaba siempre el mismo carrito. Lo conocía porque en la chapa del cilindro tenía
dibujada una pluma plateada. Una mañana escuché al viejo Bachicha que
comentaba: “El turquito no puede negar su admiración por Pancho Ramírez: hasta
en la lata tiene una pluma dibujada”
Desde entonces,
cuando “el turquito” doblaba la esquina del bodegón con su carrito con forma de
bombonera, buscaba la imagen de la pluma y pensaba qué parangón encontraría con
el héroe de Cepeda. ¿Sabía, acaso, su significado de “autonomía y libertad” y
de allí su admiración?
Al fin, un
procedimiento administrativo vino a darme la explicación cuando en 1941, una
ordenanza municipal ordenó el cierre de 'La Pluma de Plata', antigua casa de
trato, al oeste de la ciudad, a la cual el turquito era asiduo concurrente.
(*) El texto forma parte una serie de cuentos y retratos del
antiguo Villaguay.
