La Venus del desván
En aquellos años,
cuando recién empezaba a funcionar el parque estudiantil, había surgido un
rumor que cobró vuelo en la población, siempre ávida de misterios.
Se comentaba por
lo bajo, porque nadie quería ser autor del chisme, que en una casa de ladrillos
vistos con pesados balcones de hierro, amplio zaguán con herrajes de bronce,
más una ventanuca en el desván, los viernes por la noche se veían pequeñas
lucecitas en el altillo.
La casa estaba
muy cerca del parque recientemente inaugurado: se podía observar detenidamente
al pasar por la vereda. Había sido hogar de una familia numerosa, donde
predominaban las hijas mujeres, ya casadas y lejos del pueblo. La madre,
Rufina, una señora baja, regordeta y muy movediza creía, entre otras cosas, que
al destino había que ayudarlo de distintas formas. Ya sea con hierbas
adivinatorias, con paquetitos enterrados, o con sutiles mensajes al más allá. Estaba
convencida de que con estos conjuros inocentes había logrado que sus cinco
hijas consiguieran maridos.
Pero le quedaba
una sexta a la que llamaban Yoya, para la cual no había habido pachichí que
valiera. De acuerdo a sus conocimientos los intentó todos, hasta que en una
kermesse del parque oyó que los viernes eran los días del amor, por aquello de
que a los viernes los rige la diosa Venus.
Entonces Rufina
pensó que ese era el filtro que le faltaba para casar a la Yoya. Por eso todos
los viernes desde la ventana del desván una vela tintineaba señalando una
estrella, que para Rufina representaba a la diosa Venus.
Yoya nunca se
casó. Con los años se convirtió en una mujer fuerte, entrada en carne, de pelo
teñido de rubio brillante y de voz estridente.
(*) El texto forma parte una serie de cuentos y retratos del
antiguo Villaguay.
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"Con los años se convirtió en una mujer fuerte,
entrada en carne, de pelo teñido de rubio brillante y de voz estridente".