Enojado pero no tanto
Por Manuel Langsam (*)
Hubo una época en
que trabajé para la provincia en un plan para la evaluación de la incidencia de
brucelosis en los pequeños tambos de la cuenca lechera de los departamentos
Paraná y Diamante. Me tocó la zona de Aldea Protestante, Spatzenkuter, Valle
María, María Luisa y Aldea Brasilera. Todas ellas habitadas por descendientes
de alemanes del Volga: gente muy prolija, trabajadora, honesta, pero bastante
cerrada para los extraños. Tal es así que cuando llegábamos nos estaba
esperando siempre un hombre junto a un hijo o a un empleado, pero jamás una
mujer, aunque se apreciaba la existencia femenina por el florido jardín, la
abundante huerta o la prolijidad y limpieza de la casa.
La visita se
limitaba al saludo, extracción de sangre a las vacas, una planilla con datos
personales y del tambo, y la despedida. Posteriormente una nueva visita si los
análisis habían dado positivos, y las consabidas instrucciones para el
saneamiento.
Cual no sería mi
sorpresa al llegar una mañana a un tambo en el que me estaba esperando una
mujer con un lote de vacas. Era una rubia alta, bien parecida, agradable, muy
atenta y muy seria. Terminado el sangrado y las planillas, yo estaba
preparándome para irme cuando vi que se acercaba un hombre arreando unas
holando. “Éstas son las mías. Sáqueles la sangre que necesita”, me dijo.
A mí me pudo la
curiosidad y terminé preguntándole quién era la mujer que había traído el rodeo
anterior. “Es mi señora”, contestó, y se quedó callado. Luego de un rato, como
sintiéndose obligado a ampliar la explicación, completó la información: “Ella
es de carácter fuerte y yo también. Así que hace tiempo que no nos llevamos
bien y decidimos que cada uno atienda sus cosas y separamos las vacas. A pesar
de estar en la misma casa, casi no nos hablamos”.
Así quedaron las
cosas.
Tuve que volver
varias veces ya que les dio un porcentaje elevado de positivos y empecé a
asesorarlos para el saneamiento. La situación era siempre la misma: primero
traía sus vacas ella y luego él.
En una de esas
visitas, noté que la mujer lucía una incipiente pancita, síntoma de su estado
de gravidez. Cuando apareció el hombre, con el que yo ya tenía más confianza,
le dije: "Francisco, veo que se ha arreglado con su esposa. Me alegro por
ustedes".
"No, todo
sigue como antes", me dice.
"Pero...
ella está embarazada", le contesté asombrado.
"Ah",
contestó muy serio: “Una cosa no tiene nada que ver con la otra".
(*) El texto está incluido en el libro 'Anécdotas Veterinarias'.
"Ella es de carácter fuerte y yo también. Hace
tiempo separamos las vacas y decidimos que cada uno atienda sus cosas".
(Foto ilustrativa).
(Foto ilustrativa).